Cuando el tiempo apremia. Encuentros 7
Hola... estoy un poco desentrenada en esto de las citas. La verdad, es que hace mucho tiempo que no tengo una. Por no decir, que apenas me acuerdo de cuando fue la última vez que tuve una. Creo que aún vivía mi marido. ¡Si!... creo que no te lo he dicho. Estuve casada. Hará como dos años que murió... Una agina de pecho. Se quedo sentado en el sofá... y no volvió a levantarse.
Yo creo que ni se enteró. [...] ¡Lo que es la vida! En un momento nos cambia por completo y no volvemos a ser nosotros mismos. ¡Vivimos en la inopia!... la verdad...
¿Y tú que cuentas? Sé que no has estado casado. Por lo menos es lo que ponías en tu perfil. Eres deportista. Te gusta la montaña [...] Bueno... lo cierto es que no dices nada diferente de lo que suele comentar la media de los que se anuncian es estas páginas. Por lo menos, no te he visto sin camisa luciendo músculos. Aunque si te tengo que decir la verdad... tampoco me importaría hacerlo. Como he dicho: mi última cita fue con mi marido. Y de eso hace ya demasiado tiempo. Mi marido... Es curioso... ¡porque ya no está! Debería de llamarlo exmarido... Pero al no separarme de él en vida, siempre seguirá siendo mi marido... ¡Difunto!... pero mi marido a fin de cuentas.
No es que tuviéramos una vida maravillosa. Nos casamos demasiado pronto. Para mí era el típico novio de pueblo. En los pueblos la vida es diferente a las ciudades. Es como si siempre fuéramos al ralentí de la vida. Como si todo estuviese escrito mucho antes de que sucediera. Él ni siquiera era del pueblo. Nos conocimos en las fiestas. Pertenecía a una de las localidades cercanas. Simplemente nos apañamos. Yo le guste a él, él me gusto a mí. Y todo lo demás siguió su curso. Como digo: todo se daba por sentado. A partir de ahí, hizo el servicio militar. Volvió, y entro a trabajar en una de las pocas fabricas que había por la zona. Eso dio pie a que nos casáramos y comenzáramos a vivir juntos. Y como si hiciéramos caso a los evangelios: enseguida tuvimos a nuestro primer hijo, y no tardamos mucho en tener al segundo. Es lo que se esperaba de nosotros. Lo que debíamos hacer.
Ahora han cambiado mucho las cosas. Esto ya no sucede así... ¡Y menos mal! Ahora la gente joven no se ata a nada. Y mucho menos, a una vida con un “casi desconocido” del que apenas se sabe nada. Pero los míos fueron otros tiempos. Imagino que tú también habrás vivido algo parecido. Pero como has dicho que no has estado casado, a lo mejor tu historia es diferente.
Aunque también es cierto, que como te has criado en la ciudad, aquí la vida se entiende de otra manera.
¿Porque no te casaste?... ¿No encontraste a la persona adecuada, o fuiste de flor en flor hasta que te cansaste de ello?
A mi marido, como a todos los hombres, también le gustaba ir de flor en flor. Nunca me conto nada. Pero yo sabía que a veces se veía con otras mujeres. Yo no decía nada... ¿¡Qué iba a decir!? Tenía dos hijos y dependía del dinero que traía a casa. Luego preguntaba a mis amigas, y todas cojeaban de lo mismo. ¡Eso sí! El mío me respeto siempre. Nunca me puso la mano encima, a diferencia de lo que veía en la casa de mis vecinas.
En los pueblos gustaban mucho los bares. Hacer el recorrido después de terminar la jornada laboral y llegar borrachos a casa. Y yo, como una pánfila: Con la cena preparada y los niños apañados para irse a dormir, para que solo tuvieran que decirle buenas noches a su padre.
No quería que ellos vieran las cogorzas con la que llegaba algunas noches su padre. No quería que ninguno de mis hijos terminara haciendo lo mismo que hacía él.
Ahora los jóvenes se cuidan más. Apenas van de bares cuando terminan su jornada laboral. En todo caso, se van al gimnasio....
Yo me crie en una época equivocada. Mucho hablan ahora de los de mi generación. De que fuimos tal o cual cosa. De que disfrutábamos más de la vida y nos entendíamos mejor; de que éramos muy trabajadores, serios y responsables.... Pero nada de eso es cierto. Éramos los esclavos perfectos. Los que nunca se quejaban, los que agachaban la cabeza; los que obedecían a regañadientes. ¡¿Y qué hacer si no?! No conocíamos otra cosa. Lo habíamos visto hacer a nuestros padres y ahora nos tocaba a nosotros. Vivíamos con un orden preestablecido del que nadie se atrevía a salir, por el miedo a ser señalados.
El día que cerro la fábrica en donde trabajaba Juanito, el mundo se nos vino encima.
Dos hijos, una casa por pagar y sin un jornal con el que darles de comer. Las ayudas de nuestros padres no daban para pagar las deudas; así que optamos por dejarlo todo y marcharnos a la ciudad. Fue un cambio radical. Empezamos alquilando un piso en un barrio obrero. ¡Aquello era otra vida! Nuestros hijos ya tenían una edad en la que podían valerse por sí mismos [...] Siete y ocho años tenían las criaturas. Lo justo para saber llegar a casa cuando terminaban el colegio y no perderse por el camino.
Enseguida comenzamos a trabajar los dos. Ya no estábamos en el pueblo. Aqui la vida era diferente. Aqui éramos todos más libres si conseguíamos ser independientes. Pero para serlo, necesitábamos ganar dinero rápidamente. Enseguida conseguí trabajo de limpiadora en una fábrica. Aquello era monstruoso. Ruido por todas partes, grasa, suciedad... sin contar que todos los hombres que trabajaban allí nos veían como a unas conejas a las que montar. Aquello parecía más un cuartel, que una fábrica de motores. En parte era divertido. Les daba igual que les dijeras que estabas casada o que tenías hijos. No sé si lo hacían en broma o para retarse entre ellos. Pero siempre estaban con la chirigota encima.
Yo me callaba. Hacía caso a mi compañera y los dejaba hacer, aunque nunca les permití que me pusieran una mano encima. Al final terminaron tratándonos como a una hermana, aunque siempre había en ellos la esperanza de que hubiera algo más que una relación laboral.
Juanito consiguió trabajo en la estación de autobuses. En un principio se dedicaba a repararlos, pero aquello no le gustaba. Él quería ser como los otros. Los que vestían uniforme y siempre iban bien arreglados paseándose con su autocar por las calles de Madrid. Había sacado el carné de camión cuando hizo el servicio militar. Así que echo una solicitud para ser conductor y valorando su comportamiento previo, pronto paso a cumplir su sueño. Paso de llenarse de grasa el mono de trabajo, a ir impecablemente sentado, en el asiento del conductor.
Y aquí es donde empezaron de verdad las infidelidades. Le gustaba dar palique a los pasajeros. A preguntarles, a saludarles amistosamente. Todo muy normal cuando forma parte de tu trabajo. Pero cuando intimas demasiado, siempre termina habiendo roces. Y no solo uno... Eran cientos de pasajeros que subían a su autobús todos los días. Y entre ellos, siempre había mujeres que agradecían una sonrisa, un: ¡buenos días! O le decían: ¡Que amable es usted!
No hay que imaginar mucho, para saber dónde terminaban aquellas charlas de recorrido. El lado positivo, es que no bebía tanto como lo hacía cuando vivíamos en el pueblo. Sabía que si bebía, era más que probable que lo terminaran echando del trabajo. Así que se desfogaba de otra manera, y a mí no me tocaba por las noches cuando llegaba casa. ¡Y no es algo que echara en falta, después de las palizas a trabajar que me metía en aquella fabrica!
La suerte estuvo de mi parte. Al año, conseguí trabajo de limpiadora en el museo del prado. Ya no era lo mismo que estar limpiando en la fábrica, y mucho menos; tener que seguir aguantando a un nutrido grupo de hombres, con intención de cometer incesto con tu persona.
La vida me cambio por completo. Trabajaba por las noches cuando las luces se apagaban y la gente se marchaba a sus casas después de haberse pasado el día admirando arte.
Entonces era yo, cuando paseando por sus pasillos, me quedaba admirando los cuadros que colgaban de las paredes. Aquel trabajo era un auténtico privilegio. Al principio apenas me fijaba en ellos. Quería agradar a mi encargada que tenía puesto el ojo en mi persona para cerciorarse de que sí: “era válida para el trabajo”. Siempre que empezamos en un puesto nuevo, lo hacemos con la motivación de que lo vamos a heredar para que así no duden de nuestras intenciones. Pero pasados los días, la realidad es otra. Comenzamos a relajarnos, a conocer a nuestros compañeros, y poco a poco, vamos haciendo nuestro hueco. Con los meses me empecé a interesar por aquellos cuadros. Les hablaba. Les llamaba por su nombre. Incluso les preguntaba como habían pasado el día.
Me quedaba mirando todos los detalles de los cuadros hasta que me cercioraba de que nada había cambiado para así, poder ir a mirar al siguiente.
Un día hicieron una vista nocturna. Una mujer perfectamente arreglada llego con un grupo de turistas que pertenecían a la embajada mexicana, y comenzó a explicarles todos los pormenores de los cuadros que iban descubriendo. Era maravilloso poder escucharla. Descifrar todos y cada uno de los retratos que colgaban de las paredes.
Creo que fue el principio de mi cambio. Salir de la crisálida para convertirme en mariposa.
Comencé a interesarme de verdad por el arte. A visitar la biblioteca con la intención de llenarme de información. Volvía en mis días libres al museo, solo para poder escuchar las visitas guiadas. Me quedaba horas contemplando los cuadros de una forma muy distinta a como estaba acostumbrada cuando lo hacía por la noche.
Aquello creo un poco de roce con Juanito. El cual seguía con su sueño de conductor de autobús, y no entendía que yo pudiera querer más vida, fuera las cuatro paredes que ofrece el hogar. Los hijos se iban criando prácticamente solos. Aunque también es cierto, que nunca les falto de nada. Ya que llegó una sobrina del pueblo con ganas de comerse el mundo, y gracias a ella pudimos mantener nuestros trabajos.
Se llamaba Guadalupe. Tenía dieciséis años, y tal como nos dijo: Estaba harta de mirar al cielo mientras notaba como se le iba pasando la vida en el pueblo.
Al poco de llegar y gracias al desparpajo que tenía, no tardó mucho en encontrar trabajo de dependienta en una pastelería. Se le daba muy bien el trato con los clientes. Por las tardes, cuando tenía libre; se llevaba a los niños al retiro y les contaba todo lo que había aprendido aquel día en la pastelería. Les contaba de donde traían el chocolate. Con que se hacía el merengue. Las diferentes clases de harina que se utilizaban para elaborar el pan y los bollos. Tenía a los niños hipnotizados.
Fue todo un acierto traernos a Guadalupe, la verdad.
Sí... Gracias a ella, yo pude dedicar más tiempo a mi gran pasión: “El arte”. Mi intención era la de ser algún día una de aquellas guías turísticas que se paseaban por el museo enseñando los tesoros que escondía.
En una ocasión, hubo unas pruebas para formar parte de aquel selecto grupo de señoritas. Contra todo pronóstico... ¡Aprobé! En casa, nadie daba un duro por mí. Aunque yo tenía más que claro que podía aprobar aquel examen. Me sabia de memoria todo el recital de poesía con el que las guías iban conduciendo a los visitantes a través del museo. Había estudiado todos los libros que hacían referencia tanto a los cuadros, como a sus autores.
No es que fuera una mujer inteligente. Simplemente, cuando algo te interesa de verdad, haces todo lo posible para sacarle el máximo partido. Y aprender lo que en verdad te gusta, deja de ser costoso para convertirse en gratificante.
Solo había un pequeño problema: ¡Los idiomas! En aquellos tiempos, no es que tuviéramos muchos visitantes extranjeros. La mayoría eran españoles. Pero siempre se necesitaba una interprete que pudiera traducir los relatos en el idioma que tocase.
Aun así, pase de limpiadora a guía turística del museo. Pase de la noche al día... Y la sensación de ser el centro de atención de todos aquellos que te escuchaban con la boca abierta descubriendo por primera vez las obras que veían colgadas; era maravillosa.
Pero mi meta no terminaba ahí. Quería más. Quería comunicarme con todos aquellos que venían de otros países a admirar el arte que nos rodeaba. Comencé a aprender inglés en una academia. Algo que compaginaba con la búsqueda de personas que hablaran este idioma, para así, poder practicar con ellos. No fue fácil al principio. Pero en menos de dos años; sabia hablar inglés, francés y alemán, con una soltura que me permitía mantener una conversación más o menos fluida con los turistas que poco a poco me iban otorgando en exclusiva a mí, gracias a la facilidad que había cogido con los idiomas.
Al año de mi nuevo puesto, quise aprender más aún de lo que ya sabía, y entonces entre a estudiar en la universidad.
Mirándolo ahora desde la distancia, el salto que di fue impresionante. De ser una muchacha de pueblo sin más futuro que cuidar de unos hijos, y aguantar a un marido infiel; pase a convertirme en una de las primeras mujeres de España en ser decana de historia por la universidad de Madrid a los cincuenta y dos años. En un tiempo, en el que a las mujeres solo se nos educaba para traer hijos al mundo y ser sumisas ante los hombres.
Según iba ascendiendo en mi carrera y los hijos se iban haciendo prácticamente independientes, la distancia que mantenía con Juanito se hizo cada vez más distante. El seguía con su sueño de conquistador, y yo le dejaba estar. La ley del divorcio aún estaba lejos de materializarse. Con los cual, nos tuvimos que conformar con seguir casados, aunque viviéramos en la distancia.
Gracias a mi trabajo, viajaba con frecuencia a otros países en donde pasaba largas temporadas lejos de casa. Estuve dos años en Paris enseñando historia del arte. Viví un año en el Cairo y dos más en Inglaterra. Pasé temporadas en América latina recopilando información de todo cuanto los españoles habían espoliado al nuevo continente... Y gracias a esto, comencé a realizar conferencias por diferentes países de Latinoamérica, mostrando toda la diversidad de riqueza que las diferentes culturas han dado a este planeta.
A los sesenta y siete años, decidí que mi periplo por el mundo había terminado. ¡Que ya había aprendido suficiente! Había conocido diferentes países. Culturas. Hablaba siete idiomas de forma fluida y me habían galardonado con diferentes reconocimientos a lo largo de mi carrera. Nunca he dejado de aprender, y nunca estuve con nadie que no fuera Juanito. No porque me faltaran oportunidades para poder estar con otras personas. He compartido mi vida con mucha gente, desde la distancia que dan las titulaciones y el saber. Esa distancia que da el respeto hacia alguien que se cree, que es superior.
No es que echara en falta ese contacto íntimo. Estaba completamente adsorbida con el conocimiento.
Siempre con la intención de aprender más, de saber más. Tal vez porque sabía de dónde venía, y quería aprovechar cada oportunidad que me daba la vida para seguir aprendiendo.
Pero una vez que Juanito murió y yo descanse por fin de toda mi andadura. [...] me doy cuenta, de que en parte, me deje algo por el camino. Me deje el amor verdadero. Ese amor que nace desde el aprecio que se tiene a quien comparte vida contigo. Esa valoración de la persona, de la que aún sigues aprendiendo por mucho que pasen los años.
Yo no pude apreciar a Juanito, ni siquiera a mis hijos. Ellos formaron parte de un plan preestablecido. De una idea que ya estaba marcada y que nos enredó a muchos de mi generación, que no tenían más futuro que seguir las normas que se impusieron a lo largo de una dictadura, y que nos tuvo cautivos en cuanto a deberes y obligaciones durante demasiado tiempo. Yo fui una privilegiada. Tal vez por eso... Por tener claro de dónde venía... aproveche todas las oportunidades que me dio la vida para hacer aquello que más me gustaba, como era aprender.
Y ahora... ¡Ya me ves aquí! Manteniendo citas por una aplicación de internet con la intención de aprovechar los últimos momentos que aún me pueda deparar la vida. Yo no soy como los egipcios. Para mí, solo hay la vida que vivimos en el presente. Todo lo demás son habladurías. Que sean ciertas o no, ya se sabrá. Pero mientras tanto. Y ante el desconocimiento, quiero aprovecharme de lo que ya sabemos.
Me estoy enrollando mucho. No te estoy dejando hablar. Estarás pensando: ¡Esta mujer es una egocéntrica que solo habla de sí misma! Y tienes razón...
Cuéntame algo sobre ti.
— ¡¿Sobre mí?! Bueno... Esta situación es un tanto embarazosa. Veras... Lo único cierto de lo que escribí en mi perfil, es que me llamo Ramon. No soy deportista, ni me apasiona la montaña, y tampoco tengo fotos luciendo músculos, entre otras razones, porque no los tengo.
Una mujer como tú, me viene grande. No te lo tomes a mal. Eres una persona que lo ha conseguido todo en la vida. Nadie te ha regalado nada. Tienes cultura y todos los títulos y galardones que te hayan podido dar a lo largo de tu vida. Eres la persona ideal para estar relacionada con alguien mucho más importante que yo, que lo único que he hecho en esta vida, ha sido sobrevivir.
Yo también soy de pueblo. También escape de los campos para venirme a la ciudad cuando aún era un niño. He pasado por múltiples trabajos. Nunca he estado casado... No encontré a la persona correcta... o tal vez fuera por mi trabajo. Cuando llegue a la capital, trabaje de plomero. Pero yo quería algo más tranquilo que me alejara del barullo de las obras, que era donde trabajaba. A los pocos años de empezar como fontanero, me salió la oportunidad de trabajar en una funeraria. Apenas hace unos años que traspase la funeraria que monte a los pocos años de empezar en el oficio, gracias a la expansión que experimento Madrid.
Nunca me gustaron los vivos. Pero es cierto, que hay que seguir adelante y vivir el tiempo que nos quede de la mejor forma posible.
En cuanto al perfil que di... Pretendía aparentar ser más joven. No estoy habituado a las relaciones. [...] Después de esto... no se si querrás seguir con la cita.
—¿Y porque no? Todo lo relacionado con el mundo funerario, es un tema apasionante.
— ¿No te da reparo?
— Para nada. ¡Me encanta! La cultura no solo tiene que ver con los estudios, también con la experiencia de vida.
Si no te importa, voy a pedir otro té... Quiero que me cuentes cosas sobre tu trabajo. Estoy más que segura que habrás vivido experiencias de todo tipo, imposibles de olvidar. ¡Cuéntame!...
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