¡Perdónales Dios, porque no saben lo que hacen!


 —¿Crees en Dios? 

Nacho paseaba por la calle sin fijarse en el mundo que le rodeaba, hasta que una mujer desaliñada se colocó delante suyo y le hizo esa pregunta.  

— ¿Perdón?  

— ¡Crees en Dios?  

Nacho estaba encabronado con el mundo. Las cosas no iban bien en la empresa. Sus compañeros no dejaban de quejarse de lo mal que se sentían al ver duplicado su trabajo sin que nadie hiciera nada para aligerarlo. Su novio le ponía los cuernos con cualquier puto que le hacía carantoñas. Y su familia, hace tiempo que lo había dejado de lado. No ya por su condición sexual. Que también favoreció. Más por la falta de asistencia en la enfermedad, a la hora de tratar el cáncer de su padre. Al cual no visito en el hospital. Nunca se llevaron bien. Él quería un fornido muchacho jugador de rugbi; el destino le entrego a tres hijas, y un homosexual sin afición por ningún deporte que no fuera el de uniformar a los obreros de una contrata naval. Su vida consistía en diseñar todo tipo de uniformes. Desde el de los camareros de los restaurantes con estrella Michelin, hasta el de los operarios de una fábrica de embutidos con denominación de origen.  

El trabajo se había desbordado gracias a sus bocetos, y cada vez eran más los pedidos que llegaban a la fábrica.  

Siempre le gusto vestir a las muñecas de sus hermanas. Disfrutaba jugando con ellas, mientras era el comodín de cada una de ellas para convertirse en lo que estas quisieran. El ultimo hermano de tres musas, que utilizaron su belleza para desenvolverse por la vida, al no poder demostrar ninguna cualidad que despertara los propósitos de su padre. Conseguir que su empresa de costura siguiera perteneciendo a su familia, al igual que lo hiciera durante tres generaciones. 

Las tres se casaron con falsos herederos que vieron en ellas la herencia que deseaban. Y de aquellos tres, ya no queda ninguno. Su padre se dedicó a desilusionarlos, al hacerles ver, que no tocarían ni un céntimo de toda su fortuna.  

Poco a poco se fueron divorciando. No sin antes, dejar a futuros herederos que se alimentaban gracias a la pensión de sus ilusos padres.  

No era un padre que malgastara el dinero. Siempre pedía algo a cambio. Y en muchas ocasiones, sin ofrecer nada que no fuera aire.  

Él, empezó a trabajar para otra empresa fuera de los lazos familiares. Y estos tomaron aquella ofensa como algo personal. Desde entonces, lo negaron públicamente y en privado. Haciéndole todo tipo de vacíos que terminaba doliéndole en lo más profundo de su ser.   

Hacía tiempo que la empresa de su padre hacia aguas por todos lados. Desde su salida, no conseguía remontarla para convertirla en lo que fue en su día. Siempre se negó a trabajar con otras empresas minoritarias para que le proporcionaran materiales más baratos, y así, no tuvieran que hacerlos con el ahorro que esto suponía en tiempo y coste. El egoísmo familiar por querer acapararlo todo. Se convirtió en un cumulo de facturas que resultaban difícil de pagar.  

Fue su caída a los infiernos lo que enfermo a su padre. Ver que nunca vería su empresa en manos de alguien de su sangre que la mantuviera a flote. Sus hermanas y al igual que su madre. Habían ido carcomiendo su fortuna entre gastos parasitarios que idiotizaban aún más su ignorancia, sin entender, que todo tiene un final del que difícilmente uno, se puede recuperar.  

Murió en el hospital, rodeado de su mujer y de sus hijas, con la empresa en quiebra, y viendo como en la víspera de su defunción, seguían repartiéndose los restos que aún quedaban en pie, para seguir engordando su estupidez.  

Desde entonces, ninguna de ellas se había puesto en contacto con él. Hace tiempo que renuncio a aquella toxica herencia. La cual, lo tendría atado de por vida, haciendo aquello que odiaba, para disfrute de la avaricia de su padre. El cual, tuvo peor muerte que un rey egipcio. Ya que asaltaron su tumba antes de que muriera.  

Su máxima preocupación en aquel momento. Era hablar con recursos humanos para que contrataran más personal, y así poder aligerar la demanda que estaban recibiendo. Pero sus jefes, al igual que hacia su padre. No estaban muy por la labor de malgastar el dinero en algo tan jugoso como el pastel que se habían encontrado con la llegada de Nacho.  Solo querían beneficios a corto plazo. Y sus compañeros empezaban a mirarle mal, al sentir que, gracias a él, los estaban explotando.  

Solo quería diseñar, como cuando era niño. Al igual que vestía a aquellas muñecas que escondía, antes de que sus hermanas terminaran decapitándolas o haciendo de peluqueras con aquellos cabellos que nunca crecían.  

Aún guardaba alguna de aquellas muñecas en una caja de zapatos. Eran las únicas que le hacían realmente feliz, hasta tal punto de que, en muchas ocasiones, las utilizaba de maniquíes para sus próximas propuestas.  

— ¿Crees en Dios?  

Nacho se paró en seco sin saber muy bien que contestar a esa pregunta. ¿Pero quién cree en Dios en la actualidad? Bastante tenía en la cabeza como para creer en esa floritura del éter.  

— Tengo prisa señora. No tengo tiempo de conversar con usted. 

La señora le agarro del brazo y le volvió a preguntar, pero en esta ocasión con más firmeza.  

— ¿¡Crees en Dios!?  

—¡No!, Solo creo en lo que veo. No me puedo permitir el lujó de creer en algo que no he visto nunca. Y me temo, que no voy a ver en el momento de mi fallecimiento. ¿Esto satisface su pregunta?  

—¡Dios está siempre presente entre nosotros!  

— ¡Pues somos unos cuantos millones de personas pululando por el mundo! Parece que no le da tiempo de llegar a todos. ¡Ahora por favor, déjeme pasar!  

La mujer se atrinchero delante suyo, impidiéndole cualquier tipo de movimiento.  

— Dios está en todas partes. También está a tu lado. Solo tienes que creer en él. 

—¡Señora por favor! Tengo cosas más importantes que hacer que estar hablando con usted. Como siga importunándome, voy a llamar a la policía.  

—¡Quien cree en Dios, nada le falta! 

—Ahí le voy a dar la razón. Porque yo no creo en él, y lo que me falta es tiempo. ¿¡Quiere hacer el favor de dejarme pasar, que tengo una reunión importante a la que acudir?!  

La mujer se apartó y dejo pasar a Nacho, que se alejó mientras miraba a la mujer con cara de incredulidad.  

— ¡Joder! Lo que me faltaba hoy. ¡Qué putas manías tiene la gente con que pensemos lo mismo que ellos! Luego les dices algo coherente, y enseguida dicen que tú no eres nadie para querer hacerles pensar diferente.  

Que cada uno piensa lo que le da la gana. ¡Joder! Pues aplicaros el cuento. ¡Y dejar de buscar adeptos en la calle!  

 

Nacho se deshizo de la mujer. Ni siquiera se atrevió a mirar atrás. Sabía que aquello no había terminado, y que sus ojos los tenía pegados en el cogote.  

En realidad, no tenía nada que hacer, ni siquiera tenía prisa. Estaba acostumbrado por su condición de homosexual, a ir corriendo a todos lados para evitar encontrarse con situaciones desagradables. Algunos amigos habían sufrido agresiones por parte de pandillas que disfrutaban pegándoles para demostrar su hombría ante los demás. Sin saber, que muchos de ellos terminarían apareciendo por zonas de cruising, para satisfacer sus deseos sexuales. Los cuales no eran atendidos por aquellas que les reían las gracias a cada golpe que pegaban a sus amigos.  

Algunos de ellos tenían una especie de radar para descubrir quién era una maricona y quien no. Es algo que no entendía, a pesar de vestir y comportarse como cualquiera de los muchos heteros con los que se relacionaba. Aunque las cosas habían cambiado mucho en los últimos años. Seguía teniendo miedo de que alguien le pudiera hacer daño.  

No sabía muy bien lo que hacer. Recorría la calle sin ningún tipo de referencia o destino. Vio un café que parecía estar tranquilo para las horas de la mañana en las que se encontraba. Estaba claro que no era una cafetería típica de trabajadores que buscaban un lugar donde almorzar. Ni tampoco de encorsetados visionarios, necesitados de unos gramos de cafeína que les hicieran aumentar la dosis de heroína que se tomaban de buena mañana.   

La ciudad era un circo, en donde cada cual imaginaba su espectáculo sin preocuparse por los actores secundarios. Esto tenía sus ventajas. Por qué nadie se dedicaba a meterse con nadie que no hablara más de la cuenta, o cuyos decibelios estuvieran en concordancia con el murmullo del local. 

Entro en la cafetería y pidió un descafeinado con leche muy caliente. Quería sentir nuevamente el cuerpo entumecido por el suave frio de la mañana.  

La camarera asintió con la cabeza su pedido y se dispuso a prepararlo. Siempre le había gustado la maestría con la que algunos camareros trataban aquella maquina llena de brazos que llenaba indefinidamente una multitud de tazas para ser servidas. La última moda, consistía en hacer dibujos con la espuma del café, que terminaba enfriándose ante la inexperiencia del camarero. El cual ponía toda su ilusión en una bebida efímera que terminaría disolviendo todo su trabajo en el momento en el que el cliente moviera la cucharilla.  

Le gustaba ver la cara del camarero, cuando la persona a la que había servido el café, deshacía su obra sin ni sin siquiera mirarla. ¡Decepción en estado puro! Algo que con el tiempo pasaría desapercibido a base de las repeticiones diarias con las que los clientes adsorbían sus bebidas.  

La camarera le sirvió su café sin más decoración que la propia espuma que servía la máquina. Se sintió un poco desilusionado. Pero imaginó, que su desilusión también estaba provocada por la falta de motivación al no encontrar recompensa.  

Se quedo solo en la esquina de la cafetería que seguía continuando su inercia, en el trascurso de entrada y salida de sus clientes. La camarera se sentó en un taburete situado en el otro punto de la barra, y cogiendo una revista de crucigramas, se dispuso a continuar con la faceta que más le satisfacía de la jornada.  

Tenía que arreglar los problemas que estaba ocasionado en la empresa a causa del éxito de sus bocetos. Pero estaba claro, que los empresarios para los que trabajaba no aceptarían aumentar la plantilla para aligerar la producción. Conocía de sobra todos los secretos empresariales. Que solo buscaban el negocio del siglo. Una carrera fulgurante sin pensar en el futuro. La mayoría de ellos, suelen venir de proyectos que cayeron al principio de su creación. O que duraron apenas unos años, antes de que el confiado empresario se diera cuenta, de la cantidad de dinero que estaba dejando escapar por un proyecto mal elaborado.  

Al igual que la lotería, si juegas mucho, termina tocándote por pura conjunción de estadísticas. Y cuando esto ocurría, lo primero que hacían, era sacar el máximo partido de los beneficios, porque no se fiaban de que aquello durara muchos años. Ante esto, les importaba una mierda los trabajadores que pudieran estar explotando, o quien había provocado aquel boom que les estaba dado los resultados que siempre habían soñado.  

Resultados que terminarían desapareciendo al no fortalecer los cimientos sobre los que se había afianzado su empresa. Últimamente, todos los negocios se hacían con una previsión de futuro demasiado corta como para fortalecer los vínculos de las personas que componían la compañía. Esto desencadenaba, que los trabajadores tampoco quisieran tener vínculos con la empresa y, por lo tanto, al final, por culpa de unos y de otros. Todo terminaba con las predicciones del empresario, que veía como su nuevo negocio, terminaba por sucumbir.  

La vida se movía muy rápido últimamente. Todo eran productos de usar y tirar. Y el valor por las cosas estaba desapareciendo a marchas forzadas a consecuencia del mínimo coste al que se vendían.  

Seguía removiendo su descafeinado. Aún sentía la mirada de aquella mujer sobre su espalda. ¿Si creía en Dios?  

Durante años, la teatralidad con las que se formaba la familia había conseguido que todos participaran de esa eucaristía que tanto bien hizo a las arcas de la iglesia. Un teatro que nada tenía que ver, con la verdadera fortaleza que mantenía a las familias que acudían a sus reuniones. Todos necesitaban ser mirados y tomados como gente de bien, que aun no siéndolo, aquella presencia en la platea daba origen a pensarlo, por el grupo que te aceptaba como un miembro más de su secta.  

Esa fortaleza familiar de la que tanto se presumía al pasar por el pórtico central en busca de asientos en primera fila, era la mayor de las falsedades en un entorno creado por la iluminación de un visionario que vio en aquella teatralidad, el lugar idóneo para vivir de los deseos de aquellos que se negaban a admitir que la vida no tenía nada que ver con las historias que les estaban contando desde el pulpito. La vida mataba enfermaba separaba y se comportaba de la manera más cruel, que el propio ser humano era capad de imponer. Ante este baño de realidad que nada tenía que ver con santos o dioses, los rezos para que todo cambiara, se convertían en el pan diario con el que mantenerse a flote. A diferencia de los empresarios con los que había trabajado, esta institución sí que había sabido cimentar bien sus cimientos, hasta que la realidad se hizo lo suficientemente clara, como para que aquellos que entraban en grupos familiares, en busca de los bancos más cercanos al pulpito, se dieran cuenta, que el respeto y la decencia, había que buscarlos en otra clase de formatos. Los pobres habían dejado de acudir a sus rituales ante la falta de motivaciones reales que les hicieran perder sus carencias. Y ante la falta de público, de poco servía que aquellos que se engalanaban para acudir a los ritos semanales en busca de la admiración de los devotos más desfavorecidos, siguieran participando de un ritual cuyo desgaste a consecuencia de una nula evolución los estaba llevando a la extinción.  

Nacho apuro el contenido de su taza. Por un momento se preguntó el precio real de aquel café que mantenía a una camarera ocupada en terminar sus crucigramas, para más tarde, ilusionarse ante la falsa llamada de la libertad, que suena al final de cada jornada de trabajo.  

No estaba para cálculos. Prefería otra clase de entretenimientos. Hoy estaba claro que no iría a trabajar. Después de haber acudido a una entrevista con un cliente potencial, estaba desesperado por hacer algo que le relajara el cuerpo. Hace años que se olvidó de las drogas para tal fin. La marihuana había empeorado su lado creativo hasta casi dejarlo inexistente, y el resto de drogas, no eran precisamente muy creativas. Intentaba mantener su cuerpo dentro de los limites estéticos a los que quería optar. Y no estaba dispuesto a que nada de lo que probo siendo joven para evitar el sufrimiento que suponía no decir abiertamente cuál era su sexualidad, se interpusiera con aquello que más le gustaba. Había visto el deterioro que producía en algunos compañeros, que al principio lo cogían con fuerza al envalentonarlos ante aquellos que suponían sus contrincantes. El problema era que sus contrincantes, también usaban los mismos métodos, y al final, todo se quedaba en una interacción creativa, igual a la que tenían en su niñez en el patio del colegio.   

Prefería algo más natural. Por un momento se acordó de su novio. De las veces que le había pillado en brazos de otro. Su relación no era monógama. Los dos se negaron a atarse a un solo cuerpo, y más teniendo en cuenta el esfuerzo que les costó para llegar a una relativa normalización de su sexualidad. Querían disfrutar de todo y de todos cuantos pasaran por sus brazos, ante la escasez vivida en una juventud que se perdió en el continuo complejo de culpa que se organizaba en la falsa apariencia familiar en donde todos negaban la realidad de su propia existencia.  

Por un momento se le paso por la cabeza acudir a la sauna en donde conoció a Antonio.  Se río al pensar en aquel encuentro. Se diría que una relación se crea en otro tipo de lugares en donde es más proclive que surjan parejas. Como el entorno del trabajo, o el centro de estudios. Pero para él, y para los de su generación. El encuentro con personas con las que poder mantener una relación más allá de una forma fugaz, eran este tipo de lugares en donde todos se podían sentir libres sin riesgo a ser señalados por aquellos que se negaban a admitir las diferencias.  

Los tiempos cambian y con ellos las formas de conocer y de encontrar pareja. Ahora, estos lugares se consuelan con ofrecer sexo sin más explicaciones. En cuanto a la creación de relaciones, la oferta se multiplica, gracias a las plataformas que fructifican en internet, o al mero hecho de que ya no hay que esconderse en el trabajo, como se hacía antes.  

¡¿Y porque no?! Hacía tiempo que no visitaba esta sauna. Su pareja se había olvidado de sus necesidades y solo sabia buscarlas en otros lugares en donde no se encontraba él. Tenía que ir pensando en la relación que mantenía con él. Sí tenía otro futuro que no fuera el hecho de la compañía hogareña que terminaba uniendo a un sin número de viudos que aunaban sus pensiones para vivir decentemente. Él no tenía problemas económicos. A diferencia de sus hermanas, su trabajo, le deparo una estabilidad económica envidiable. Lo que no estaba dispuesto a aguantar, es a creer que todo en su relación se iba a basar en la compañía. Teniendo en cuenta, que aún le quedaban muchos años por delante para disfrutar de una adolescencia tardía que le incitaba a comerse el mundo. Quería a alguien con quien poder desarrollar todos esos sueños de adolescente, no a un ausente ninfómano, que satisface todas sus necesidades con adolescentes encarnados en un boceto de Miguel Ángel. 

La sauna no estaba lejos de donde se encontraba. Comenzó a caminar en aquella dirección. Su cuerpo empezó a despertar a los continuos pensamientos que recorrían su cabeza pensando en todos los placeres que se iba a encontrar. Aquello era mucho mejor que las drogas. Sexo sin contemplaciones que solo buscaba satisfacer sus deseos más escondidos, con un desconocido al que poco le importaba quien era la persona con la que estaba.  

La sauna se encontraba en una callejuela del barrio antiguo. Siempre estaban medio escondidas, sin anuncios publicitarios en la fachada. Solo los vecinos, al ver tanto transito de hombres, se imaginaban lo que ocurría en aquel local, que en otro tiempo fue un supermercado llegado a menos, por la llegada de otros grandes proveedores, que lideraron un gran tributo al pecado de la gula, al ocupar tres plantas de un edificio cercano. Le hacía gracia pensar, que en los lugares donde se practicaba sexo entre hombres, anteriormente, había sido ocupado por familias que paseaban con sus hijos entre los estantes del supermercado. La vida da muchas vueltas, incluso a todos esos edificios que se plantean eternos en su estructura. Los cuales pueden pasar de ser un cine porno, a terminar siendo una residencia de ancianos. No nos paramos a pesar en la vida de las cosas, ni en los cambios que acontecen en todos los lugares que un día desaparecieron, para ser redescubiertos en otra temática totalmente diferente a la que estaba destinado en un principio. Es una paradoja pensar, que lo que vimos crecer en nuestra niñez, terminara siendo algo muy diferente cuando volvamos al lugar que nos vio nacer, cambiándonos por completo los recuerdos de nuestra infancia.  

Nacho se adentró en la callejuela, y de nuevo se encontró con los mismos ojos que le habían juzgado hacía media hora en plena calle.  

— ¿Esta es la reunión tan urgente a la que tenías que acudir?  

Su perplejidad le hizo replantearse entre pasar de largo y olvidarse de aquella idea, o de asumir que una loca le había pillado en plena mentira.  

— ¿Qué hace usted aquí? 

— Encarrilar las almas perdidas que rechazaron a su dios para volverlas a adentrar en el redil. Dios lo sabe todo. Tanto aquello que haces como aquello que piensas. Y dentro de ti, hay una fuerza interior que quiere salir a la luz para encontrarse con el creador, aunque los demonios intenten por todos los medios que sigas pecando en el infierno eterno.  

—¿Me está siguiendo? 

— Solo voy allá donde el creador me necesita.  

— Pues podría ir a una clínica abortista y dejarme en paz. 

— Para eso estamos los hermanos. Para repartirnos por todos los lugares donde el pecado da rienda suelta a toda su maldad. 

— ¿Sabe dónde está usted? 

— Claro que lo se. Desde aquí siento el vicio que genera tu mente a cada paso que das hacia el fuego eterno. 

— ¡Mire...por qué no se va a la mierda y me deja en paz!  

— Estoy dispuesta a asumir tus insultos sin con ello consigo que recapacites en tus pensamientos.  

Nacho se quedó mirándola con la boca abierta sin saber muy bien que hacer.  

De un empujón, aparto el cuerpo de aquella mujer, y entro con paso acelerado al interior del local, mientras escuchaba a su espalda una frase final que intentaba frenarle en su escapada. 

—¡Perdónales Dios, porque no saben lo que hacen! 

Nacho, abrió puerta del establecimiento para entrar en el, y girándose hacia la mujer le grito... 

— ¡Se perfectamente lo que voy a hacer! ¡Se perfectamente quien soy! ¡Y lo voy a seguir haciendo hasta que la vejez me lo impida!  

Una vez dicho esto, entro dentro del establecimiento y se fue directamente al lugar donde se encontraba la taquilla.  

— Una entrada por favor.  

— ¿A ti también te ha perseguido la loca? 

 

Nacho se le quedo mirando con cara de perplejidad.  

 

— ¿Cómo si a mí también? 

—Si, lo hace casi todos los días. Esta vaciando el local de clientes. Hoy eres el primero que entra. La tenemos como portero. Se queda todo el santo día en la entrada impidiendo que entren con sus discursos apocalípticos. Hemos llamado a la policía. Pero dicen que no pueden hacer nada. Porque está en la calle, y puede hacer o decir lo que le dé la gana, mientras no cometa delito alguno.  

 

Nacho se quedó con la cartera en la mano, sin saber muy bien que hacer. Se había planteado mantener sexo con un desconocido. Pero saber que era el único cliente, no alimentaba sus deseos de encontrar lo que estaba buscando.  

 

— Hagas lo que hagas, ella seguirá estando en la calle. ¡Es alucinante! Porque parece que le traen la comida y todo para que siga haciendo guardia. Es como si fuera una fan de las Espice Girls dos días antes del concierto.  

— Bueno... No era lo que yo tenía en mente, pero necesito relajarme. ¿Funciona todo? 

— Si claro. Tenemos el yacusi encendido, por si lo quieres usar.  

— Esta bien... Si hemos resistido a los fascistas, podremos resistir a los sectarios.  

 

Nacho recogió la toalla que le tendía, junto con un par de condones de colores que le había colocado encima de la misma. Le dio las gracias por las esperanzas que aquel gesto pudiera significar. Y se adentró en busca de los vestuarios. Preparado para probar el agua purificadora que le alejara de todos los demonios con los que aquella mujer le había bautizado.  

 

 

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