Séptimo Día

 Séptimo Día 

 

 

Una suave luz comenzó de nuevo a iluminar el cuarto. Podía notarla ante la fragilidad y delgadez de sus parpados. El hambre empezaba a hacer acto de presencia, aunque sabía de sobra que no obtendría trato preferente. Y más, después de haber revivido, aquellos episodios de su vida. Parece mentira la fragilidad de la mente humana.  

La continua repetición de las mismas acciones. Hace que estas carezcan de sentido para ser recordadas. No le faltaría razón al no acordarse de la mayoría de los casos que pudieran esperarle durante los siguientes días. ¿Cuántos fueron? ¿Mil? ¿Dos mil?  

Algo en su interior empezaba a cambiar. Se olvidaba del orgullo. Y empezaba a sentir, que ¡tal vez! (...) solo tal vez; estaba equivocado. La nueva realidad en la que vivía. Muy diferente a la que vivió de joven. Las libertades actuales, que no chocaba con ningún tipo de manipulación conjunta, que fuera en contra de los principios básicos que se aprobaron en una constitución por los mismos dirigentes que durante cuarenta años, no dejaron respirar al libre pensamiento. Ahora; simplemente se vivía individualmente. Nadie entraba en tu entorno. Y tú, no te entrometías en la vida de los demás. Las reglas eran las mismas. Todas se seguían por el tratamiento de clases sociales. Desde los invisibles, de los que nunca se hablaba, pero que gracias a ellos todo estaba perfectamente estructurado. A los Super ricos, ricos, ricos de títulos inservibles, a la clase media con pretensiones, a los obreros, los envidiosos, los suertudos que supieron aprovechar el momento que les regalo la vida, y los pobres. Pobres orgullosos de no pertenecer a un sistema que va en contra de sus ideales. Pobres que dirigieron cada paso dado en su vida, a terminar en esa posición, sin creer que todo lo acontecido pudiera ser posible... ¡Soñadores que se pegan al cristal de una joyería! Y aquellos, a los que la vida, no dio tregua. ¡los condenados! Personas que sin saber porque, terminaron en el escalón más bajo, esperando la muerte, entre sueños de rectificación, que nunca llegan.  

Son las capas de la cebolla. Y Poco a poco, todos nos vamos encontrando con la capa que nos corresponde ocupar, y con el peligro constante, de que cualquiera de nuestros actos, La mejore o en el peor de los casos, la empeore.  

Todos vivimos con miedo. Con ese miedo procedente del exterior ¡Con el que también trafican! en los medios de comunicación. Nos coja un día por sorpresa, y nos cambie el mundo en el que vivimos, dependiendo de la balanza en la que sople el viento. 

Siento dolor. Un dolor profundo en el pecho. Tal vez se pueda achacar a la posición, al nerviosismo. ¡Al hecho de haberme decapitado dos dedos! ¡Una rata más inteligente que muchos de mis subordinados!  

¡¿Quién coño soy?! ¡¿Que monstruo llegue a ser?!  

Tengo una mezcla de sentimientos en mi conciencia, que me mantienen intranquilo. Una lucha, entre dos personas orgullosas por lo que una fue, y otra, por lo que llego a convertirse.  

No quiero abrir los ojos. ¡No quiero saber qué clase de animal he convertido con mis torturas! ¡Ya no! Aquellos fueron otros tiempos. Aquello era lo que mandaban hacer. Era lo que querían. Devolver las salvajadas vividas en la guerra, a una ciudadanía inocente, que empezaba una nueva revolución. Esta vez, industrial. Hijos de huérfanos, que veían en aquellas fábricas, un futuro desconocido. Ya que el presente y el pasado, se ahogaba en el duro trato con la tierra, y el hambre que se vivió en la guerra.  

Esclavos que abandonaban pueblos en busca de oportunidades. Que agrandaban ciudades, construyendo sus propias casas, al tiempo que embargaban sus pobres vidas.  

A veces me pregunto que fue peor. ¿O la dureza del campo? ¿O la masificación de una sociedad en la que el tonto resultaba ser el más listo, y el obrero de dedos gruesos; el infeliz, del que todo el mundo se aprovechaba? Fueron los hijos de estos. Los hijos de los obreros. Aquellos que veían marchar al padre de buena mañana, y regresar a plena noche. fueron estos, ¡Los estudiados! los acunados sobre el esfuerzo de sus padres, los que se negaban a seguir con la tradición vivida. Con una vida absurda, en donde unos pocos, hacían florecer sus negocios gracias al esfuerzo de un conjunto de analfabetos, que desconocían que podían tener sus propios derechos.  

Esta España creció, gracias a la estafa empresarial de aquellos que gobernaban y eran envidiados cada vez que salían en sus revistas del corazón.  Una ironía de la vida. Que normalizaba lo anormal, de un estatus heredado, por las mismas familias, de aquellos que creyeron ganar una guerra. Pero en vez de eso, la hicieron retroceder cuarenta años.  

Fueron los hijos, de los que aún llevaban el yugo sobre los hombros. Los que querían la misma vida, que la de los elegidos. Querían vivir el sueño que vendían las revistas, las libertades que empezaban a llegar de otros países. Querían estudios, posición, dinero. Y no ser la eterna ¡”Señorita”! que tan bien protagonizo; Gracita Morales. 

¡No! No querían ser los criados de los que degollaron a sus padres. 

Al principio detenía a los opositores del régimen, a los republicanos escondidos que no podían evitar lo que el corazón les mandaba. Y después, me toco detener a los hijos que veían la lucha de clases como su principal fuente de principios. Todos somos iguales según la ley. Se les había olvidado nombrar una guerra. ¡No! La ley la marcan los ganadores, y tú, nunca serás igual que ellos. ¡Mira a tus padres! ¡Acostúmbrate a ser animal de carga! 

Se lo decías y respondían con arrogancia hasta que el primer puñetazo, marcaba la línea de poder en aquella habitación. Las universidades los envalentonaban. Ellos llevaban libros mientras sus padres llevaban ladrillos. Sus padres sabían el campo que pisaban, Todo cuanto había detrás. Pero la sangre fresca no puede dejar de latir en un corazón virgen, contra la maldad del hombre.  

Se habían reproducido como cucarachas. Tenían que ocupar el puesto de los que ya no estaban. El gobierno quería mano de obra barata. Pero los hijos no querían las vidas de sus padres.  

Sindicalismo, desobediencia, leyes de vagos y maleantes. Los primeros presos sonados y los que aún estaban por llegar. Toda esa porquería, era la que terminaba en mis manos. Mi función... educar a quien no se deja manipular. Aunque para ello, tuviéramos que desencajarles los hombros, las manos...girar sus dedos hasta deformarlos. Mantenerlos desnudos con la capucha puesta durante horas, arrodillados contra el suelo. Romperles las costillas a patadas. Y a las mujeres; apretar sus pezones con unos alicates. A veces la emoción, desgarraba el tejido, dejando ese trozo de piel adherido a las tenazas.  

Nos hacía gracia cuando ocurría. Dejábamos el pezón sobre la mesa, y quitándole la capucha, se lo dejábamos mirar, mientras alguno de nosotros lo lamia con parsimonia.  

Llamábamos al médico que se deshacía del pezón, y cosía la piel que lo había ocupado. ¡Si! éramos verdaderos monstruos. Al terminar el día, cada uno se iba a su casa, alguno a seguir la jarana en algún club de alterne, y otros, a sentarse a la mesa con sus hijos donde todos se cogían de la mano y rezaban antes de cenar.  

Hera una profesión como otra cualquiera. La mayoría nos olvidábamos de ella cuando salíamos por la puerta de la comisaría, pero otros no pudieron separar sus vidas. Con el tiempo, alguno termino volándose la tapa de los sexos con su propia pistola. Cuando ocurría esto, los de arriba, nos subían un 10% el sueldo. Una compensación por nuestro trabajo, “Decían” 

Los puestos vacantes eran difíciles de ocupar. La mayoría de los novatos vomitaban hasta la primera papilla. Y otros, simplemente, preferían seguir controlando el tráfico. Esto hacía que todos los que estábamos en aquel grupo, formáramos una especie de hermandad. Una hermandad que hacía callar, a todos los que se cruzaban en nuestro camino.  

Después, siempre se corría la voz de que tal agente se empleaba en demasía en las continuas manifestaciones. Y enseguida lo fichábamos. La debilidad, no formaba parte de nuestro credo. ¡Teníamos el poder y sabíamos utilizarlo! 

Alguno se quedó en el camino. Digamos que se nos fue la mano con más de uno. No por que tuviera algo especial. Simplemente porque el preso le recordaba a alguien, o no le gustaba su forma de hablar. Cualquier cosa bastaba para que fuera el premio de alguno de nosotros. Ninguno se metía cuando esto ocurría. Simplemente se le dejaba hacer ante la mirada pasiva de todos nosotros.  

Eran muchas las ocasiones, donde dábamos rienda suelta a la ira que nos producía el exterior. La mujer, los hijos, el vecino de los huevos al que te gustaría tener ahí con la capucha puesta. Esta ira la empleábamos con los detenidos. Y cuando ocurría, nadie se entrometía. En ocasiones, se les iba de las manos y terminaban ahogados, electrocutados, o con heridas de tal gravedad, que no eran compatibles con la vida.  

Teníamos un mapa de España, con todos los pueblos abandonados en los que aún seguía en pie el cementerio.  

Se quemaba toda la documentación del preso, ropa incluida. Se buscaba un baúl donde meterlo. Y ese día, dos de nosotros se iban de excursión a donde tocara. Se buscaba la tumba más reciente. Separábamos la lápida, abríamos el ataúd, e introducíamos al nuevo huésped en contra dirección a como estaba el difunto. Volvíamos a poner la tapa del ataúd, la lápida encima, y allí, no había ocurrido absolutamente nada. Teníamos la costumbre de que ninguno de los dos que se hubieran ocupado de aquel cuerpo, dijera donde había sido enterrado al resto del equipo. 

Al día siguiente, la normalidad llegaba de nuevo a nuestra rutina, y nadie se acordaba de lo sucedido. 

A las preguntas: Nadie sabía a quien se estaba refiriendo. En ocasiones, le cortábamos una mano y la dejábamos a la vista en algún lugar de mal vivir o en alguna playa. Las suposiciones se creaban solas.  

Pero por regla general, estos casos no eran tan frecuentes como los que ocurrían con el grupo de Billy el Niño. A este le gustaba llevar la tortura hasta el borde de la muerte, y dejar tambalear su cuerpo durante días entre la vida y la muerte.  

Tenía los mejores casos. Y de cierta forma lo envidiaba. ¡¿Que prefieres?! ¿Un sindicalista al que detienen por repartir pasquines, o a un etarra pillado en su zulo? Cada vez que uno de estos llegaba a su despacho, se armaba una especie de tensión en toda la comisaria. Todos querían verle muerto. Pero las apuestas, del tiempo que necesitaría para hacerlo cantar, llevaba a toda la comisaria a una locura, donde se apostaban grandes cantidades de dinero. 

Él sabía todo lo que ocurría en la comisaria. Pero nunca hizo trampas para que ganaran unos u otros. A todos les hacía pasar por lo mismo, hasta que lo mismo dejaba paso a lo más cruel. Y es aquí, cuando las apuestas subían más.  

¿Cuánto dolor puede aguantar el cuerpo humano? Aquello se parecía más a una catedra de medicina, que a un interrogatorio.  

¿Y ahora qué? ¿Qué es lo que toca? Si estuviera aquí sentado Billy el Niño por todo cuanto hizo, estoy más que seguro que se reiría de todos. Aquel hombre, era la propia muerte. Y nadie excepto la muerte, la teme.  

Alguien mojo una esponja en agua y la dejo chorear por su cabeza. Hacía años que el pelo había desaparecido. Era un cadáver ridículo sentado en un wáter por el que podía pasar cualquiera. Era la obra de un artista contextual. ¡El maltratador maltratado! Tendría que estar en una galería de arte, siendo observado por una pandilla de snoop, mientras sujetaban una copa de champan al tiempo que comían los canapés que les servía el camarero.  

--¿Tu qué crees que ha querido expresar el artista en esta obra? Es bastante desagradable, pero al mismo tiempo produce una sensación de venganza contra el capitalismo más primitivo del individuo. 

--¡No se chico! Pero colocar a uno cagando aquí en medio, con lo buenos que están los aperitivos, le hace un flaco favor a los invitados.   

--Cambiemos de sala. Recuerdo una vez, a uno que le había hinchado los huevos con suero. Aquello parecía Dumbo; recriminando la opresión del trabajador. Era muy gracioso. ¡Aunque no creo que nadie lo comprara!  

 

Jajajaja... Y lo más estúpido de pensar esto, es que se queda corto con el final de la censura.  

Volvieron a mojarle la cabeza con agua, pero en esta ocasión el agua se volvía pegajosa, impregnándose en su cuerpo. Abrió los ojos e intento enderezarse de la mejor manera posible. Le dolía todo el cuerpo a consecuencia de la posición en la que se mantenía.  

Delante de él, un hombre de unos setenta años, lo miraba con inquietud.  Una joven se había sentado en el lugar más apartado.  

--Es él... Se parece a él --. Repetía el hombre una y otra vez, mientras se golpeaba la cabeza con la mano. Ahora se le parece más.  

(Emilio se dio cuenta que le había bañado en su propia sangre. La sangre coagulada que permanecía sobre la mesa después de las amputaciones.) 

Rojo, lo recuerdo de color rojo. Mis ojos estaban rojos de la sangre que caía de mi frente mientras estos cabrones me insertaban algo en la cabeza. ¡Tengo razón hija! ¡Tengo razón! Todos estos años me habéis tomado por un loco, pero por fin tengo delante de mí, al que me metió el microchip. Lo siento todos los días. Oigo lo que me decís por las mañanas. Por las tardes, por las noches. A veces habláis tanto que no puedo concentrarme y me vuelvo loco. Pero esta aquí. (golpeándose de nuevo la cabeza como si fuera un tic, que se repetía con cada palabra que pronunciaba.) 

¡Que me hicisteis! ¡Que metisteis dentro de mi cabeza! Necesito descansar, quiero que lo desactivéis, que lo saquéis fuera. Mi vida es un infierno desde que hicisteis aquello conmigo. ¡Y eras tú! Te recuerdo porque te veía de color rojo a causa de la sangre que cegaba mis ojos.  

¿¡Por qué lo hicisteis!? ¡¿Que os hice yo?! No puedo vivir así, me queda poco de vida. Y no quiero que mi hija tenga este recuerdo de su padre.  

¡Necesito que me lo saquéis! 

Emilio, miro a aquel hombre. Uno de tantos a los que había torturado. Muchos terminaban como él. Completamente sonados cuando les colocan corriente eléctrica por el cuerpo. Un día, a uno de los compañeros, se le ocurrió que en vez de hacerlo extensible por el cuerpo, centráramos directamente los dos polos en el cerebro. Como si aquello fuera una silla eléctrica. Al principio le poníamos poca potencia. Algo les ocurría, que empezaban a cantar con demasiada facilidad. Aquello nos desmotivaba un poco. Simple papeleo para ingresarlos en prisión durante un tiempo y ya está. Nos dimos cuenta, que algunos no sabían firmar, o habían olvidado su propio nombre. Aquello, literalmente les freía el cerebro. Con los días, algunos se recuperaban y recordaban porque estaban allí, pero otros, simplemente se convirtieron en estatuas que no sabían hacia donde caminar.  

Imagino que este desgraciado paso demasiado tiempo entre los electrodos. Estaba claro que su cabeza no funcionaba al cien por cien. Pero me había identificado al mojarme con mi propia sangre. Y dibujar con ella, al demonio que llevo dentro.  

La joven no se inmutaba del lugar en el que estaba sentada. Solo el hombre me miraba dando vueltas alrededor mío mientras me tocaba con un dedo, para cerciorarse, de que era verdad que estaba allí.  

--¡Háblame! dime porque lo hicisteis. Ahora ya no os oigo. Solo funciona cuando estoy lejos de vosotros. Me llevare tu corazón si no me dices como quitarme lo que me habéis metido. ¡Te juro que te llevare conmigo despedazado en bolsas de plástico, si con ello consigo dejar de oíros! 

--Siento desilusionarte, pero como puedes ver, aun me quedan dedos. Hay más personas como tú, que quieren algo mío para compensar el mal que les hice.  

Lo que tienes en la cabeza no tiene que ver con nada que te implantáramos. Simplemente, quisimos probar cuanta potencia podía soportar el cuerpo humano antes de morir.  

Tuviste suerte, puesto que estas vivo, pero tu cerebro quedo profundamente trastornado.  Ni siquiera sé cómo te llamas. Y tampoco me importa saberlo. Haz lo que tengas que hacer, y termina ya con este circo que estas montando. 

El hombre escucho atentamente las palabras del preso, mientras seguía golpeándose la cabeza sin parar. Como si algo dentro de él, recordara un pasado que ya se había diluido en la profundidad de sus pensamientos.  

Se sentó en el suelo delante de él, mientras intentaba mantener las manos en calma. -- Me freísteis el cerebro... un dolor de rabia le atravesaba el corazón, haciendo que llorara a lagrima tendida, al tiempo que se tapaba la cara --. Todos estos años creyendo miles de cosas. Y solo era eso. He destrozado a mi familia, a mis amigos, a todos aquellos que han intentado ayudarme. Y todo para saber que me hicisteis una lobotomía. Jugasteis a ser Dios... con mi cabeza. ¡No estoy loco! ¡Nunca lo estuve! Pero esto que siento, esto que me come por dentro, es algo que os pertenece. ¡Es vuestro! Quiero que sintáis lo mismo que siento yo cada mañana. Tengo que apuntar todo esto, para que cuando despierte mañana, pueda seguir recordando por qué estoy así. ¿Hija, puedes apuntarlo por mí?  (La mujer asintió con la cabeza) es gracioso en como perdemos el tiempo, cuando la solución es la más sencilla. 

-- Siento decepcionarte. Pero por el momento, solo me han amputado los dedos. No tengo claro si pueden cumplir con tus requisitos.  

-- ¿Quiénes son ellos? 

-- Los que te han traído aquí con tu hija.  

El seguía sentado en el suelo, mientras se secaba las lágrimas que recorrían su rostro. ¡Ellos! ¿Quiénes eran ellos? no recordaba porque estaba allí. Solo recordaba a su psicóloga que le metía en un coche junto a su hija y se perdían por las calles de la ciudad, en busca de la nada. ¡No recordaba más! ¿Ellos... serian la psicóloga? Empezó a fijarse en las manos del preso. En cómo le habían curado con múltiples vendas. Él tenía esas mismas heridas en su cerebro. No había vendas que se le pudieran poner. Su herida, era un monstruo que no se conformaba con carne.  

Se levanto del suelo, y empezó a desenredar todas las vendas que cubrían sus heridas. Emilio, intento moverse sin éxito, sintiendo un dolor intenso dolor que le producía el simple roce de las vendas.  

Una vez que le quito todas las vendas, vio quemada sus manos. Levanto las vendas al cielo, y grito ¡Quiero que sus heridas no se puedan cubrir con vendas! ¡Quiero hacerle lo mismo que me hizo el a mí! 

Emilio estaba agonizando en dolor. Ese loco, terminaría con él, antes de que pasaran los diez días que le habían prometido. 

¡¿Alguien me escucha?! Quiero que su herida no se pueda tapar con vendas. Solo así quedare satisfecho.  

¡Ojo por ojo, diente por diente! 

Una voz sonó a través de los altavoces que se escondían en las pareces.  

--Este jurado ha sopesado su propuesta y entendido los fines a los que quiere llegar con su demanda. Encontramos su derecho aceptable a pesar de que aún quedan personas a las que les gustaría tener al señor Emilio en plenas facultades, para que pueda llegar a entender el daño que ha producido en ellas. 

Así, que dictaminamos su derecho de revancha, proporcionándole, los mismos instrumentos que utilizaron ellos contra usted, aunque la potencia será algo más baja, para poder seguir con un mínimo de consciencia, que le permita entender el resultado de su obra. ¿Está usted de acuerdo con esta sentencia? 

--¡Si! Es suficiente para mí. Le agradezco esta oportunidad que me están dando.  

El ser vestido de látex, con la cremallera que le cerraban la boca, apareció con un aparato que coloco detrás del preso. Al igual que hizo en la primera ocasión, empezó a indicarle que por favor le abriera la cremallera.  

Emilio, cansado de todo aquello, le comento. Tienes que abrirle la cremallera para que pueda hablar, él no lo hará si tu no se la abres.  

El hombre de látex acaricio a Emilio diciéndole --. ¡Ves! ¡Al final te voy a caer bien y todo! 

(Después se dirigió al hombre y le dijo) Buen señor. Espero que con esto sean reparados todos sus males, o por lo menos, apaciguados. Ya sabe el porqué de las voces en su cabeza, de su comportamiento extraño, y sobre todo, porque se fueron alejando todos de usted. Solo su hija se mantuvo a su lado durante todo este tiempo.  

Su nombre es Indalecio Prieto de Génova. Fue detenido por dejar pasar a unos manifestantes al interior de su local y bajar la persiana, para defenderlos de la policía. 

Se le acuso de ayudar a los insurgentes y fue puesto en manos del grupo cuyo capitán tenemos aquí. El cual valoro estrenar en usted, una nueva fórmula de tortura, consistente en producir electricidad en ciertas partes del cerebro sin conocer las consecuencias que esto pudiera acarrearle. Como queda dicho por la jueza del caso, se le permite usar las mismas herramientas que usaron con usted, con una potencia algo más baja, para que el detenido, sea consciente de los casos a los que aún tiene que enfrentarse, que son una pequeña parte del curriculum vitae del detenido. 

Estos son los electrodos, y le voy a dibujar con un rotulador, el lugar en el que se los pusieron a usted. Una vez colocados y encendida la máquina, tiene que girar esta manecilla hasta este número durante diez segundos. Le recomiendo que los cuente con los dedos de una sola mano, para poder parar la maquina en el momento justo. Lo contrario, sería una completa locura, de la que nunca se recuperaría. Y para nosotros, dejaría de sernos útil para nuestros fines.  Espero que lo comprenda, y siga los pasos que le he proporcionado. Una vez acabado, podrá irse con su hija, que le guiará a un lugar mejor. 

Indalecio se quedó un momento mirando al ser de látex al que le había abierto la boca. Este, dibujo dos puntos sobre la cabeza del condenado.  

--Es un sistema muy primitivo. Ahora lo hacen con unos sistemas más calculados, capaces de curar lesiones cerebrales. Como ve... es un alambre en forma de u, donde le han puesto la corriente a cada lado. ¿Quiere colocársela usted o prefiere que se la coloque yo?  

--¿Si lo hago, terminara como termine yo? --. No del todo, pero casi. Aún tienen que venir otras personas –. ¡Póngalo usted por favor! 

El ser de látex, coloco los dos extremos, en los dos puntos que previamente había dibujado.  

-- Muy bien, ya lo tiene. Ahora solo falta mover la manecilla hasta este punto y contar hasta diez. No se preocupe por las convulsiones ni los gritos que pueda escuchar. Es algo por lo que también paso usted. Pero lamentablemente, no se acuerda. El cerebro, termina olvidando todas las cosas traumáticas que nos sirvió la vida. Es una forma de sobrevivir a un dolor que nos impide continuar. Mantenga la mano en la manecilla, y cuente dos veces cinco, con la mano restante, después, pare la máquina.  

Indalecio se quedó mirando sus manos temblorosas. Intentaba contar hasta diez con una sola mano. Pero le resultaba imposible. Miro a su hija y la hizo acercarse con un gesto. Se separó del ser de látex y del condenado, y susurro a su hija. --¡No puedo hacerlo! Un día jure, que no le haría el mal que yo tenía, ni a mi peor enemigo. Creo que ya lo hemos asustado bastante. Dejémoslo así, y marchémonos por favor.  

La hija sonriso a su padre, acariciando su rostro. Me parece muy bien papa. Creo que es lo que mejor podemos hacer. He apuntado porque tienes la cabeza como la tienes, para que puedas leerlo cuando los pensamientos se te crucen.  

Ahora, vas a acompañar al señor de látex y yo hablare un poco con este señor. Siempre quise preguntarle algunas cosas. ¿Lo comprendes papa? --. Si hija, pero no le hagas nada --. Tranquilo papa, no le tocare ni un pelo. 

Los dos miraron al reo, y sonrieron al mismo tiempo --. Eso sería difícil.  

Volvieron a acercarse a los dos hombres y la hija volvió a cerrar la cremallera al ser de látex. Acompáñelo a la salida, yo iré en unos minutos.  

Los dos se fueron por donde habían entrado, dejando sola a la mujer con Emilio.  

-- Es curiosa la vida. Siempre nos da segundas oportunidades. Y cuando esto sucede, no solemos aprovecharlas. Vimos el fracaso de la primera, y lo asumimos al resultado de la segunda. Tengo sesenta años. A los diecisiete años, me fui con mis amigos a una manifestación. Ni siquiera sé, que es lo que se pedía. Simplemente fui. De pronto, aparecieron de la nada, un montón de policías que nos pegaban a todos sin haber hecho absolutamente nada. A mí me dieron un golpe en la cabeza y me quede inconsciente. El siguiente recuerdo es el olor nauseabundo de una capucha, y el frio del acero rozando mi cuerpo. Tenía las piernas atadas a una mesa de metal, y las muñecas se unían con unas esposas al centro de la mesa. Como es de suponer, estaba completamente desnuda.  

No podría decir, cuantos me violaron durante días. Lo que si se, es la comisaría a la que me llevaron. En la cual, nadie sabía nada. Entiendo que entre todos aquellos que me violaron, estarías tú. No hace falta decir que lo que aquello produjo en mí, y luego... lo de mi padre. (...) Por eso, a pesar de todas sus locuras, siempre estaré con él. Compartimos al mismo torturador, aunque él, no sepa nada de aquello.  

Le he dicho a mi padre que no te haría daño por lo que le hicisteis. Y lo voy a respetar. Pero sí que te voy a hacer a hacer daño, por lo que a mí me hicisteis. ¿Para qué contarte lo que puede significar un trauma de esa índole, a una muchacha de dieciséis años, que apenas sabía nada de la vida?  

Así, que nos vamos a dejar de gilipolleces, y voy a resarcirme por lo que ocurrió --. La mujer coloco el artefacto delante del penado, y mirándole a la cara giró la palanca mientras contaba --. Uno...dos...tres...cuatro...cinco...seis...siete...ocho...nueve...diez... --. Apago el aparato, mientras el cuerpo de Emilio seguía convulsionando. Le quito el alambre de la cabeza, y se podían ver las zonas quemadas por la electricidad.  

Emilio, se mantenía con la cabeza ladeada y la boca abierta, en algún lugar lejos de allí.  

-- Me gusta aprovechar todas las oportunidades que me de la vida. Porque, a fin de cuentas, todos vamos a morir. Y cuando me toque morir, sabré que, aunque solo fuera uno de los que me violaron, tuvo su merecido.  

Nunca estaremos en paz. Siempre te odiare en mis pensamientos. Y tú muerte, no se llevará contigo mis recuerdos. Se que todo esto es ilegal. Soy jueza del tribunal supremo. Y entiendo que la justicia ordinaría, no sirve para ciertos casos. Me dieron la oportunidad de estar aquí... Y no me arrepiento. ¡Que tenga un buen día!  

Emilio se quedó postrado en la misma postura, sin ni siquiera parpadear. La mujer se alejó por detrás de él. Mientras en el cuarto, se atenuaban las luces. Y un silencio absoluto se apoderaba de la habitación.  





Comentarios

Entradas populares de este blog

¿Vida?

Trio amoroso

¿Por qué mueren las ballenas?