Zizu

 Zizu


A día de hoy aun sigo preguntándomelo. ¿Por qué lo hice? Lo cierto es que no encuentro respuesta para aclarar semejante barbaridad. Pero la vida es así. O por lo menos, nos gustaría que fuera así para encontrar una respuesta a semejante estupidez. 

Yo era un niño tranquilo. Nunca hacía daño a nadie. La casa donde vivía era un remanso de paz, en donde todos teníamos una libertad en la que poder expandirnos y hacer aquello que deseáramos, sin que nadie se inmiscuyera en nuestro propio territorio. Tal vez fuera por esto. Por la libertad en la que me crie, que no casaba con el entorno que encontraba de puertas para afuera. 

El salvajismo de la otra realidad, era una patada en la cara, que me era dada, cada vez que asomaba a un mundo lineal, en donde todos debíamos de seguir unas pautas marcadas por seres irracionales que se mantenían en una idealidad marcada por una tradición que había perdurado hasta el momento. Y que en cada generación se ponía en duda, ante los nuevos jugadores que se iban amansando a base de golpes y leyes absurdas que los convertían en seres pasivos y dóciles, al mismo tiempo que agresivos sujetos que expandían su maldad en el interior de sus cuerpos. Y que hacían aflorar a la más mínima ocasión en el que aparecía ante sus ojos, un ser virgen, incapaz de cuestionar la vida de los demás. 

Yo era ese ser. Me habían educado, o había vivido en un entorno en el que nadie tenía derecho a juzgarte. En donde nadie te decía que no. Y lo máximo que se te imponía, era una lección de historia, para recordarte, a donde alcanzaban ciertos pensamientos que se repetían hasta la saciedad a lo largo de la historia, hallando siempre los mismos resultados. 

Conocía bien la historia. Me había ahorrado muchas equivocaciones. Y poco a poco, fui conociendo lo que se escondía al otro lado de la puerta, y el final que me esperaba ante mi amansada ideología. 

Mi guerra, consistía en hacerme respetar en ese entorno hostil que se apoderaba de mí con la intención de aprovecharse de cada una de mis capacidades para su propio veneficio. 

No era el único que compartía mis pensamientos. Al revés de lo que nos quieren hacer pensar, éramos legión. Una masa de personas que se escondían en el anonimato con la intención de pasar lo más desapercibidamente posible, ante los ataques de aquellos que guardaban en su interior el odio generado por la frustración.  

Solo había que mirar donde nadie miraba, donde parecía estar vacío, donde la colonia de pájaros, volaba en manada, para así, poner a prueba la estadística del carroñero a la hora de alcanzarnos como presa. 

Tal vez fueron los golpes, los insultos, los escupitajos que recibía. Tal vez fuera la anulación a la que era sometido por aquellos que no eran tantos. Simplemente, era un reducido grupo de amargados que se saltaban todas las leyes que ellos mismos imponían. La libertad en la que había sido educado, se estaba poniendo en duda. Y parte de la historia me contaba, que el final era claro si no ponía barreras a los que me esclavizaban.

Necesitaba contraatacar. No tener piedad. Hacer pagar con la moneda más cara, con la intención de anular cualquier tipo de represaría. 

Fue un cinco de febrero. Uno de los chicos que más problemas causaba, murió mientras dormía. Al principio fue consternación al no comprender semejante suceso. Después, con el paso de los días, fue relajación... alegría contenida. 

Aquello paso, y pronto volvimos a la normalidad. A rey muerto rey puesto, y pronto encontraron a un nuevo líder que imito a la perfección lo dejado atrás por el ultimo tirano. 

El veintisiete de marzo de ese mismo año, este nuevo líder, falleció en el asiento trasero del coche de sus padres, cuando iban a visitar a unos familiares. 

La consternación era aún mayor. Nadie podía entender dos muertes tan imprevistas de jóvenes que aún tenían toda una vida por delante.  

Después de la primera impresión, todo eran preguntas. No se entendía lo que estaba sucediendo. Pero en la esencia, aquella muerte, volvía a llenar de tranquilidad un entorno asfixiante que adsorbía nuestra adolescencia impidiendo nuestro libre albedrio. 

Pasaron dos meses más, hasta que la asociación de maleantes volvió a las andadas. En esta ocasión, y a diferencia de los anteriores que eran de familia acomodada. El líder era hijo de unos padres que se dedicaban al tráfico de drogas a pequeña escala. Que junto a pequeños robos que causaban más inconvenientes que el botín que alcanzaban, desmoralizaba a los   afectados hasta llegar al borde de la desesperación. 

No mejoro el clima en el barrio. Este ser, aún era más cruel que sus antecesores. No llevaba la soberbia con la que los anteriores atacaban a sus víctimas. Este, simplemente no te miraban como víctima. Para el no eras nada. Como nada eran él, en el entorno en el que vivía. 

Sus padres murieron repentinamente de lo que parecía ser una sobredosis, en el salón de su casa.  Después de aquello, no volvimos a saber nada más del chico. Se fue a vivir con sus abuelos paternos a las afueras de Valladolid, y aquel cambio trasformo su visión de ver el mundo. 

Fue entonces cuando pensé, que a lo mejor el mal no se solucionaba eliminando al causante, tal vez era cuestión de eliminar sus raíces. El experimento había sido positivo. ¿Por qué no? Sabía que se me estaba yendo la mano a la hora de ser Dios. ¡¿Pero acaso ellos no hacían lo mismo con sus víctimas?! Yo, simplemente, había subido el nivel. Mi arma era más poderosa que la suya... Y me estaba defendiendo. 

La muerte de aquella pareja, trajo más tranquilidad al barrio, y ante el cambio de residencia de su único hijo, el resto, pudimos relajarnos ante otra nueva estación de paz. 

En cambio, no se respiraba buen ambiente entre los tiranos. Estaban pasando por su peor momento. Nadie quería ser el líder de nada.  Ser el líder, significaba que la desgracia tocaría nuevamente tu puerta, y nadie quería eso. 

De camino al instituto, me asalto lo que podría llamarse uno de sus sucedáneos. Quería mi dinero y todo aquello que no fueran libros. Lo mire con la tranquilidad de quien está acostumbrado a recibir palos, y le pregunte: 

- ¿Tú también? ¿De verdad que no habéis aprendido nada de todo cuando está pasando?... ¡¿Quieres mi dinero?! Yo te lo doy, pero ten en cuenta, que te convertirás en lo mismo que aquellos que ya no están. 

Él se me quedo mirando, bajo los ojos y se apartó de mi camino dejándome ir con todas mis pertenencias. 

Nunca más volvieron a delinquir. Solo alguno de otros barrios que eran expulsados en el momento en el que aparecían por primera vez. 

Ante esta nueva situación, pregunte a mis padres: 

¿Cómo se combate la violencia? - Ellos me sonrieron y me dieron la mejor de las respuestas... - Con la cultura. 

Tenían tanta razón, que me hizo cuestionar la forma en la que me tomaba la justicia. 

A partir de aquel día, busque la forma en la que estos jóvenes pudieran expresarse. Encontramos paredes en las que poder pintar, lugares en los que poder reunirse y compartir aficiones, y poco a poco, la selva dejo de ser selva para convertirse en un lugar de referencia, en donde otros barrios venían a visitarnos con la intención de apaciguar unas calles donde la justicia se regía por la ley del más fuerte. 

Durante años deje de usar el veneno de la rana Zizu. Era un veneno que usaban los indígenas de las tribus de las amazonas para paralizar a sus presas hasta provocar su muerte. Una vez que fallecían, no dejaba rastro alguno en su víctima, pasando a ser comestible para el cazador. 

Conseguí trasformar su composición básica, hasta convertirla en un veneno fácilmente manipulable, con un periodo de eficacia que se desarrollaba durante veinticuatro horas después de la ingesta. 

El día que me robaron la Coca-Cola que llevaba en la mano, fue el comienzo del cambio. Después volvió a suceder con unos cigarrillos que alguien dejo en un banco, en el que siempre se sentaba a esperar a sus amigos. Y continuo con aquella papelina que apareció en la puerta de una casa, y que tal vez creyeron que se le había caído a alguno de sus compradores que tanto les visitaban. 

Nuca nadie supo lo que en verdad sucedió. Es cierto que me arrepiento de haber tomado aquella decisión. Muchos de ellos se convirtieron en renombrados muralistas. En cantantes de hip hop o de alguna de sus variaciones. Conductores de ambulancias, o simples ciudadanos que se arrepintieron de todo el mal que en su momento infringieron a los demás. No dejo de arrepentirme por haber querido ser Dios con aquellos que no tuvieron la oportunidad de cambiar. De encontrar el mismo ambiente en el que yo me había criado. 

Ahora, ya con casi cincuenta años... no me arrepiento de la muerte de aquellos que, sí tuvieron la oportunidad de cambiar, y no quisieron. Por qué les resultaba más fácil, seguir jodiendo, que molestarse en respetar a los demás. (jefes, empresarios, profesores, funcionarios, políticos, compañeros etc.…) 



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